Un café para recordarlo, que la vida no está fácil

Creo tener unos 19 años cuando le dije a una de mis mejores amigas que me casaría con el primer hombre que me hiciera café en la mañana. Pocos meses después había salido una noche en Río Piedras y me había encontrado con uno de mis eternos amores que para aquél tiempo no sabría que lo sería. Yo coqueteaba con los hombres de la misma manera que coqueteaba con la locura. De pensar que estaba siendo el comienzo de un juego fue una de mis mejores historias. La forma en que lo conocí es mejor ni hablar de ella. Pero lo nuestro surgió de pláticas intensas de ese querer conocer más a fondo de nuestra piel y querer penetrar en lo profundo de nuestras neuronas. Después de beber esa noche recuerdo que me invitó a quedarme en su casa, eran las 5:30AM y yo no había llegado a mi apartamento me había pasado la noche hablando con él… A eso de las 6AM llegamos a su casa donde vivía su madre. Yo me escurrí por la cocina mientras su madre leía el periódico para irse a trabajar. Era una locura lo que estaba haciendo, pero con él no había porque pensarlo dos veces.

Entré a su cuarto, vi todos sus libros, un reguero de ropa y un mapa gigante del mundo pegado a la pared que daba su cama de todos los lugares que le gustaría viajar. Me dijo que quería hacer el amor conmigo en tal y tal y tal y tal país. Pensamos en las bibliotecas más famosas donde podríamos hacerlo, en museos e iglesias. Hablamos de filosofía estoica y aristotélica, de unos poemas de Benedetti y despertó en mi cierta pasión por las letras. Estar con él sin duda era excitante. Pasamos a la cama y me hizo suya. Me hizo suya por horas que parecían ser eternas. Esa noche recuerdo que sentí algo que me llegó al corazón y no recuerdo en sí si fue su miembro o su persona. Estaba exhausta bañada en sudor y el tenía una pipa al lado de su cama y fumamos un poco de marihuana antes de dormir. Fue de las noches o madrugadas en las que conocí lo que era descansar en paz.

Dormí abrazada a él en una cama twin que se sentía como si durmiera en una cama de plumas. La mañana siguiente desperté con el aroma del café que estaban colando. Sólo mi abuela preparaba café de greca y él sin saber me preparó café de greca negro con tres de azúcar morena, me besó los labios y me dijo “Buenos días, preciosa. ¿Quieres tomar café con la Reina?” Así le llamaba él a tomar café acompañado de un fili por las mañanas. Nos dimos unas cachadas y tomé ese café después de aquella noche tan infinita donde visité tantas galaxias. Pasamos la mañana conversando sobre el concepto de la “felicidad” sin darnos cuenta que la estábamos experimentando en ese mismo instante. Aristóteles no podría haberlo definido mejor, que esa mañana al despertar fue cuando y donde aprendí a abrir los ojos, a sonreírle a la vida. Desde ese momento supe que la vida sí era bonita. Que no me casaría con él, pues creo que no llevábamos ni un mes de conocernos, pero que ese hombre definitivamente sería parte de mi vida, de mi historia. Hoy que no lo tengo cerca, a estas horas de la mañana lo recuerdo, pido un café y me fumo un cigarro, para recordarle un poco, para sonreírle un poquito a la vida, porque definitivamente no está fácil.

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Gabriela Christina Díaz View All →

Nacida en Puerto Rico, pero soy ciudadana del Mundo. Escribo para vaciar el ruido de mi mente y me llena el corazón que alguien le toque de alguna forma lo que escribo. Pues de nada me sirve escribir si lo que escribo no conmueve un alma. No escribo muchas paradojas porque yo soy la paradoja en sí. Soy un poco controversial en mi manera de expresarme, pero escribo y me expreso de una forma transparente, desde lo más sincero de mis adentros.

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